administrador de fincas colegiado
lat_actualidad
banner-ppto
banner-libro

Los últimos porteros de fincas urbanas

El oficio desaparece poco a poco porque no resulta rentable para la comunidad de propietarios donde residen o son sustituidos por conserjes, videoporteros, o vigilantes en el caso de urbanizaciones

Durante muchos años han formado parte de la fisonomía urbana de la ciudad. Su presencia en las porterías de las casas suponía un plus en la valoración social de los inmuebles y una garantía de seguridad para los inquilinos. Ellos son los porteros de fincas urbanas. Un oficio que conoció sus mejores momentos en los año 60 y 70 con la inmigración, y que poco a poco va desapareciendo, bien por los adelantos técnicos, como son los porteros automáticos o los videoporteros, o porque supone un gasto importante para la comunidad de propietarios de los bloques donde trabajan y ocupan una vivienda.

Este es el caso de Andrés Ruiz, de 60 años, que ejerce de portero desde hace 30 en el número 18 de la calle Ángel Lozano y goza de la confianza de los inquilinos que ocupan las viviendas o las oficinas. Recuerda que, cuando vino de Calasparra (Murcia) en 1977, “en cada bloque de la calle había un portero y ahora sólo quedo yo. También en la avenida de Alfonso el Sabio había muchas porterías, pero ya apenas si llegarán a la decena”, refiere con nostalgia.

Andrés vive con su mujer, dos hijos y su suegro en una vivienda situada en la planta baja de inmueble, que costea la propietaria de la finca, y refiere que las funciones que realiza como portero han variado mucho con el paso del tiempo. “Al principio mi labor en el bloque era la de mantener la buena convivencia entre los vecinos y los transeúntes, evitar que entrase gente desconocida y mantener limpia la escalera, cobrar los recibos o repartir la correspondencia y los periódicos ”, señala.

Añade que “en ocasiones, si había que hacer pequeños arreglos de puertas o ventanas se hacía”, pero que, sin embargo, estas últimas tareas ya no forman parte de su cometido, no van incluidas en el sueldo, que apenas si llega a los 800 euros, y queda a su discreción. También la de acompañar a las personas mayores que viven solas, a las que visita con cierta asiduidad “para charlar un rato e interesarme de cómo están”, indicó. Andrés Ruiz reconoce que su oficio está en declive, “porque a muchos propietarios les cuesta dinero, especialmente en edificios como éste que pagan rentas antiguas que apenas superan los 12 euros al mes, y en cambio han de pagar cerca de 80 por la portería”.

También porque el oficio ha evolucionado y ha pasado a tener otras características. Ahora son, más que porteros, conserjes de las viviendas, con un horario laboral de ocho horas, unas funciones y una remuneración establecidas con la comunidad que es la que les contrata, o vigilantes si son urbanizaciones.

Carlos Gómez y Montse López, de 62 y 39 años de edad, trabajan la conserjería de los bloques de viviendas de la avenida de Alfonso el Sabio 36 y Virgen del Socorro 21, respectivamente.

Carlos, nacido en Pozohondo (Albacete), empezó a trabajar en la finca como ayudante de obras del empresario que la construyó. “Después me dedique un tiempo a enseñar los pisos a quienes venían con la pretensión de comprarlos, hasta que la comunidad me planteó el trabajar en la conserjería”, indicó Carlos Gómez, que no reside en la finca, y para el que su labor en el inmueble, por la que recibe un sueldo e 1.100 euros y algunos extras, está muy definida. “Mi trabajo, además de mantener limpia la escalera y la vigilancia de la finca, consiste en el mantenimiento y conservación del sistema de calefacción central que hay en el edificio, y otras tareas como reponer bombillas que se han fundido y otras cosas por el estilo”. Por ello, tiene claro que cuando se jubile será necesario que la comunidad de propietarios contrate a otra persona que realice su labor, “porque el inmueble necesita de alguien que esté pendiente de todo”.

Montse López, nacida en Barcelona, está casada y tiene un hijo de 15 años. Reside en La Goteta porque quiere mantener separada su vida privada de la laboral. Refiere que para trabajar de conserje hay que ganarse la confianza de la comunidad. “Algunos vecinos te dejan la llave, porque así se quedan más tranquilos de que si hay una fuga de agua o cualquier otro problema lo puedes resolver, pero otros aún no se fían”, señala sonriente. Y aunque no entre dentro de su funciones laborales, también reconoce que en muchas ocasiones también visita a los mayores que viven solos y les anima, incluso, a realizar ejercicios para que se mantengan.
Fuente : Las Provincias